Latin American Thoroughbred

EL DIARIO LATINOAMERICANO DE LAS CARRERAS

William Pereyra vive su sueño

Carreras / 12.04.2018

WILLIAM-PEREIRA

La jornada de carreras está en marcha y para los jockeys que compiten es casi todo rutinario. Cambiarse, pesar, buscar su chaquetilla, correr, volver a pesar, elegir su fusta, ganar, perder, probarse otros colores para la prueba siguiente, matar el tiempo jugando a las cartas o mirando la televisión en el recinto exclusivo para ellos entre una monta y otra o para disfrutar el momento, la compañía de los colegas afines. El “casi” es lo que sale de la rutina: las felicitaciones que reciben con alta frecuencia los que fueron reconocidos en la noche del martes como los mejores entre sus pares. Para Eduardo Ortega Pavón, consagrado Jockey del año, fue reeditar lo que había sucedido en las entregas de los premios Olimpia y Jorge Newbery. Casi un voto cantado. Si lo habían reconocido fuera del ámbito de las carreras, dentro de la industria era una fija. En cambio, para William Pereyra, que recibió la plaqueta de Mejor aprendiz, se trató de una situación única. El chico que creció en las cuadreras del Norte argentino y repetía que su sueño “siempre fue correr en el hipódromo y vivir de eso” había traspasado las barreras de su imaginación.

Pasa cerca suyo Juan Noriega y apela a su humor cordobés. “Mirá, ahora da notas. Hace un tiempo, en la cancha le gritaban desde lejos ‘ey, negro, montame un caballo’ y ahora se le acercan y le dicen ‘Jhoni, ¿me podés venir a montar?”, grafica Chupino, y hay risas alrededor. Esa transformación de Pereyra fue algo vertiginosa, como los 129 días que pasaron desde su debut, el 23 de junio de 2017, hasta que se graduó en tiempo récord. Fue algo en lo que se hizo hincapié cuando se develó la resolución de la terna que integró junto con Brian Enrique y Francisco Arreguy, otros dos que ya superaron los 120 triunfos necesarios para hacerse jockey en la Argentina. “Pasó todo muy rápido, a veces pienso que demasiado”, dice William, que en menos de un año cambió el caballo mecánico de la escuela por los de carne y hueso que compiten en los Grupo 1.   

Introvertido, siempre da respuestas cortas Pereyra. Como si fuera dando pistas para armar el todo. “A mi me trajo Pepe Sand. Si no fuera por él, nunca hubiese conocido Buenos Aires”, asegura el piloto, y pone el detalle en el futbolista que actualmente se encuentra jugando en Deportivo Cali, de Colombia, pero que hasta hace unos meses lo hizo en Lanús. “Lo conocí por intermedio de un amigo. Primero me llevó a su haras, en Bella Vista, Corrientes, y luego me acercó a la escuela”, recuerda. La relación se hizo más estrecha en Palermo, con las carreras y con los asados en el stud El Mono. “Miguel Vallina y Roberto Pellegatta fueron los primeros en darme una oportunidad, y luego se fueron sumando más entrenadores”, apunta.

Nacido en Ibarreta, Formosa, el 1 de junio de 1994, de niño aprovechó su bajo peso para jugar a las carreras de caballos. En las cuadreras, ser liviano vale oro y los que lo rodeaban sacaron el jugo de ello. Le gustó tanto que empezó a volcarse más por la pasión de su abuelo paterno Felipe, jinete en las competencias informales en su juventud, que por la de su padre Mario, abocado al trabajo en un corralón. Aunque un compadre de éste, Ariel Ibañez, fue el que lo acercó a esas carreras.

En 2013 me fui a Corrientes y estuve trabajando en el haras del Pepe. Ahí fue donde, en algunas charlas, surgió el tema de ir a la escuela. Ni imaginaba que existía. Yo sabía que existían las carreras en Buenos Aires porque el día del Carlos Pellegrini iba a la agencia del pueblo a verlo”, aporta. Dos mundos opuestos. Uno, artesanal al extremo. Otro, profesional y lejano. “Me vine en 2014, un 28 de julio, y vivía en un stud. En marzo de 2015 fue cuando arranque en la escuela de San Isidro. De mi familia, la única que estaba cerca era mi hermana Romina, la mayor de nosotros cinco, en Florencia Varela”, agrega. Un par de horas de viaje uniendo diversos medios de transportes era “cerca”, en realidad, porque la medida eran los 1250 km que separan a su tierra de la ciudad de Buenos Aires.

En su periodo de aprendizaje en la escuela del Jockey Club sumó experiencia por el interior. Recuerda haber competido en Rosario, Río Cuarto, Villa María, San Francisco y Azul, por ejemplo. No puede creer que, en cambio, que todo haya sido tan vertiginoso, producto de cosechas como las que levantó en agosto pasado, cuando logró nueve primeros puestos en Palermo en un fin de semana: cinco el sábado y cuatro el lunes, feriado.  

Se abrieron las puertas muy rápido”, dice. Ahora está en sus manos que se mantengan de par en par y lleguen nuevos reconocimientos.