Latin American Thoroughbred

EL DIARIO LATINOAMERICANO DE LAS CARRERAS

Altair Domingos volvió a sentirse dueño de su cuerpo

Carreras / 17.01.2018

gimnasio

A mí me atropelló un tren, el médico me dijo que el estado físico me salvó la vida”, asegura Altair Domingos. La metáfora es fuerte, cruda. Pero hoy sonríe el jockey al describir por lo que pasó a casi siete meses de aquella mañana en la que quedó desvanecido debajo de la potranca Givemeone (Pure Prize). Sabe que le ha tocado nacer dos veces en esta vida. Hace 36 años, en Bernardo de Irigoyen, una ciudad ubicada a 150 kilómetros de Puerto Iguazú, en Misiones. La otra fue en San Isidro, el 22 de junio pasado, cuando venía trabajando a la reservada del haras La Providencia, cayó y se despertó en el sanatorio “todo roto”. Así lo grafica. Casi literal.

Lo que recuerdo del accidente es que quedé debajo de la yegua. Tengo la imagen de que empezamos a dar vueltas en la arena y en un momento me tapa, yo quedo abajo y no puedo respirar. Después, no sé más nada”, asegura el jinete, que desde el 2 del actual tiene el permiso médico para volver a montar y lo aprovecha cada día. No hay ansiedad, ya pasó esa etapa. Ahora volvió a ser dueño de su cuerpo y quiere reencontrarse con su mejor forma para empezar a correr “de a poco, una o dos por día, tal vez en un par de semanas”.

El parte médico aquella mañana era interminable. Contusión pulmonar, traumatismos, fracturas costales y en vértebras, con desplazamiento… “Yo escuché el ruido cuando me aplastó. Sufrí un dolor que no se lo deseo ni al peor enemigo. Cuando vi al médico le dije que estaba todo rodo, gritaba y le pedía por favor que me diera algo para el dolor”, repasa. Sensaciones tan inimaginables como opuestas a la actitud que tiene para relatarlas, con la sonrisa que siempre lo acompañaba antes de la caída. Luego tardó en recobrarla. “Apenas me terminaron de hacer la tomografía y algunos estudios, casi lo beso al doctor cuando me dio morfina”, cita. Pasaron 18 días hasta que dejó la habitación en el sanatorio y lo llevaron a su casa.  

Yo estaba acostumbrado a ir siempre a 200 km por hora y en un segundo bajé a 0. Era terrible. Ese fin de semana se corrían las Carreras de las Estrellas, pero no las vi. Esos primeros días no quería ni ver una carrera. Recién una semana después le pedí a mi señora el teléfono para ver algo. Estuve tirado en una cama por 14 días, con la cabeza para arriba y de una manera particular por las vértebras. No podía moverme”, amplía Domingos. Las sensaciones eran ambiguas. “La cabeza estaba perfecta, como para salir del cuarto e irme a correr, pero el cuerpo no respondía”, detalla.

Dos semanas después de haber ingresado a la clínica, las costillas estaban soldando. “Le pregunté al médico cuándo iba a poder volver a caminar y me respondió que lo haría al día siguiente.” Llegó ese día 15 en el que tuvo la autorización para levantarse y ahí le cayó la ficha. “No era yo. Me miraba y no era yo. No tenía fuerzas, había perdido todos los músculos, el peso, quería dar dos pasos y no podía. Era peligroso. Salí del hospital con 49 kilos, cuando mi peso normal estaba cerca de los 54”, subraya. La palabra del médico se había convertido en palabra santa. “Supe que había que hacer caso y debía controlar las ganas, porque si no volvíamos para atrás e iba a tardar mucho más ya no sólo para correr sino en recuperarme”, explica.

Pasó casi medio año hasta que volvió a subirse a un caballo. “Una yegua de andar en el campo”, precisa. “El médico me dijo que iba a tardar unos cinco meses en volver y en todo ese tiempo no le pregunté nunca cuánto faltaba, pero apenas se cumplieron cinco meses, sí”, repasa, sonriente. Y se queja de la mala suerte, ya en otro contexto: “El día que me tenía que hacer el último análisis, el tomógrafo estaba roto. No lo podía creer. Fue el 15 de diciembre y por las mías agarré y me fui a otro lugar a hacerlo, pero el médico me dijo que esperáramos porque no era bueno. Así que hubo que esperar y viajé para liberar la cabeza”.  

Altair es brasileño por adopción, ya que la familia se mudó a Cascabel, en el sur de Brasil, cuando tenía 7 meses, tras la muerte de su padre. Y los caballos han sido siempre parte de su vida. A los 9 años, lejos de disfrutar de la niñez, las cuadreras se convirtieron en su medio de vida. "Éramos muy pobres, vivíamos en el campo, estábamos en contacto con los caballos... Pesaba sólo 22 kilos y ya corría pura sangres. Es normal que suceda en esas zonas”, recuerda.

Antes de la mayoría de edad corrió en Curitiba, un hipódromo de similar trazado al de La Plata. Obtuvo 72 victorias en seis meses, corriendo únicamente los miércoles. Así sacó pasaje al turf grande de Brasil. En San Pablo debutó ganando un Grupo 2 y logró la estadística cuatro años. A Río de Janeiro sólo iba a montar en los Grupo 1.

Más tarde pasó vertiginosamente por Dubai ("Una experiencia única, un lugar inexplicable. No es normal montar caballos que valen dos millones de dólares por premios de cinco millones") y el regreso a tierra paulista precedió a su convicción de seguir los pasos de Jorge Ricardo: la aventura argentina a la que no se animaba en los ‘90. Primero fue monta de Springfield, luego vino La Providencia y más adelante se sumó La Biznaga. En 2014 y 2015 se quedó con el Olimpia de Plata, el premio que otorga el Círculo de Periodistas Deportivos, lo que confirma que trascendió las fronteras de la hípica. Si hasta se dio el gusto de ir a correr a Hi Happy (Pure Prize) a los Estados Unidos el año pasado, aunque el desenlace no fue exitoso como cada una de las veces que se unieron del otro lado del continente americano.

Apenas una vez estuvo tanto tiempo sin correr. “Ocho meses”, señala, con la ayuda memoria de su señora Danielle, que lo acompaña en la charla, tras haber terminado sus ejercicios del día. “En 2007, en Brasil me rompí los ligamentos cruzados de la rodilla izquierda y me tuvieron que operar. Ese día corrí igual, con la pierna hinchada. No había notado que era para tanto. Aquella vez estaba más apurado por volver. Era solo la rodilla, me sentía bien… Pero ahora era la columna. La verdad que estaba con un poco de miedo. Es para tenerle respeto a un problema de salud así”, confiesa.

A veces te vas de vacaciones 15 días y cuando volvés te duele todo. Ahora volvía a montar luego de seis meses, por lo que no sabía cómo me iba a sentir. Y la verdad es que cada día que pasa me siento mejor, y ahora ya hago aprontes con montura, hice pasadas, cuando los primeros días era todo más liviano, más que nada partidas. Creo que estoy mejor de lo que pensaba”, recopila Domingos.

La clave estuvo en su casa, desde que volvió luego de esos 18 días de internación hasta que le dieron el alta. “El primer mes nadaba mucho. La pileta era lo que me aconsejaba el médico como prioridad. Después, por cuatro meses estuve haciendo una rutina diferente de ejercicios casa día con un personal trainer. Y a la gimnasia y a la pileta le sumaba trabajos con un

caballo mecánico que tengo. Pero claro, después te subís a uno de verdad y ya no es lo mismo. Ahí es otra la demanda”, puntualiza, otra vez con la sonrisa implacable. Danielle y sus hijos Mateus y Nicoly fueron la otra parte del sostén en la rehabilitación. También disfrutó de ellos como no es habitual en tiempos de alta competencia, casi a diario.

El cuerpo me tiene que avisar cuándo vuelvo. Uno se conoce y a esta altura, si esperé hasta ahora, unos días más no va a cambiar nada. Y cuando empiece, de a poco voy a notar cuándo estoy bien como para tomar más compromisos. Lo importante es que no perdí las ganas”, agrega quien admira al italiano Frankie Dettori, un espejo en el cual mirarse para sobreponerse a todo manteniendo viva la llama de la alegría. Sobre todo ahora que ya vuelve a sentirse en su cuerpo.